miércoles, 12 de enero de 2011

Francis Brunn




Francis Brunn en el Trocadero de París.



En la postura que veis en la fotografía, así conocí a Francis Brunn, así me lo presentaron y así me dijo “ahora mismo estoy contigo”.
Lo extraño no era la postura, sino que pudiese hacerla siendo octogenario.
Francis Brunn fue un malabarista alemán, considerado por todos como el mejor de la historia, junto a Rastelli. Fue el hombre que superó todos los límites habidos hasta entonces en los números de malabares, y hasta hoy no ha sido superado.
Desde muy joven desarrolló su carrera en los Estados Unidos, llegando a alcanzar cotas de popularidad inimaginables en el mundo del circo y las variedades. Llegando a actuar durante años compartiendo escenario y amistad en Las Vegas con mitos como Frank Sinatra o Sammy Davis Jr.
Pero Francis iba más allá de todo eso. Era un artista en el sentido más amplio de la palabra, su imaginación y sus inquietudes artísticas no tenían límite.
Durante los años sesenta conoció a Carmen Amaya y a Antonio Ruiz en Nueva York. Esto le hizo enamorarse en el acto del flamenco y cambió su vida de alguna manera. 
Francis vio grandes similitudes entre el mundo del circo y el mundo del flamenco, sobre todo en la procedencia de ambos de culturas itinerantes y en los sentimientos más instintivos de estas dos formas de arte.
Desde que eso sucedió, en su mente empezó a fraguarse un espectáculo que pudiese unir estas dos culturas, y pasó su vida en busca de ese show perfecto.
Comenzó por sustituir, en su número, la música típica de circo por una guitarra flamenca por bulerías. Lo complementó incluyendo movimientos en su número más propios de un bailaor flamenco que de un  malabarista.
Pasaron los años y Francis siguió pensando en ese espectáculo, creando diferentes números en su cabeza partiendo de diversas fuentes de inspiración.
Toda una vida fraguando un espectáculo. Pero no podía ser de cualquier forma. Ese show tenía que llevarse a cabo con la gente ideal, los artistas, los técnicos, los productores que a él le diesen la confianza y sobre todo, que le tocasen el alma, porqué el sí, él sabía ver tu alma, él sabía quién eras solo con mirarte a los ojos.
En las olimpiadas del 92, en Barcelona, Francis estuvo en la ciudad condal actuando. Una noche, en un tablao barcelonés, Francis vio a un bailaor de cuya alma se enamoró. Era el Torombo, de Sevilla. Francis supo aquella noche quién iba a ser la base de ese espectáculo con el que llevaba soñando toda la vida.
Trató de hablar con él después de su actuación, pero el Torombo se había esfumado por la puerta de atrás y Francis no volvió a verlo.
Pasaron los años y Francis continuó su vida en Nueva York, y allá por el 97, ojeando el New York Times, se encontró con el camino de frente. Había una foto del Torombo, con un reportaje dedicado sobre el bailaor. Inmediatamente Francis se pone en contacto con la periodista que firmaba el reportaje, consigue la dirección del estudio del Torombo y con el primer avión se planta en Sevilla.
Cuando llega al estudio del Torombo se sienta en una esquinita a ver la clase y espera a que acabe para hablar con él. Ese fue el nacimiento del show “Incognito”.
Su entusiasmo se contagió rápidamente, el Torombo comenzó a juntar artistas flamencos para el espectáculo, todos ellos primeras figuras y todos ellos embaucados completamente por la personalidad de Francis desde un principio. Como hipnotizados.
En el año 99 yo estaba en Frankfurt, Alemania. Yo tocaba la guitarra flamenca amenudo con un chico llamado Raphael Brunn, también guitarrista flamenco. A veces me hablaba de su padre, pero tardé todavía un tiempo en conocerle. No entendía muy bien de dónde le venía la afición a la guitarra flamenca, puesto que él había nacido en Manhattan, vivía en Alemania y su padre era alemán y su madre rusa.
Francis tenía en Frankfurt una especie de segunda residencia. Iba muy amenudo debido a que en Frankfurt está el teatro de variedades Tiger Palast, posiblemente el mejor de Europa. Él lo había inaugurado años atrás y guardaba desde entonces una relación muy estrecha con sus propietarios, Margaretta Dillinger y Johnny Klinke.
Un día, después de nuestro ensayo mañanero, Raphael me dijo que fuera con él al Tiger Palast, donde su padre estaba ensayando, y que éste quería conocerme.
Allí sucedió el primer encuentro, como os contaba al principio. A partir de ahí, nuestra relación fue estrechándose, mi admiración crecía al mismo tiempo que su cariño hacia mi persona.
Pasé momentos con él fantásticos. Conocí a primeras figuras del mundo de las variedades, aprendí a apreciar ese arte en el que nunca antes me había fijado, compartí maravillosas conversaciones con él acerca del arte, de la música, del teatro, me abrió la mente hacia un fondo artístico que hasta entonces era algo utópico para mi, porque nunca había visto a nadie vivirlo con esa intensidad. Compartió conmigo anécdotas increíbles que no se pueden contar sobre su amistad con Frank Sinatra, Sammy Davis Jr., Dean Martin, Jeff Sheridan, Charles Chaplin y otros tantos...
Y llegado el momento me contó lo que se traía entre manos, el espectáculo que duraba una vida, e inmediatamente me hizo sentirme partícipe.
El espectáculo ya era un hecho, se iba a estrenar en la Ópera de Frankfurt, producido por el Tiger Palast y con un elenco de artistas inimaginable: Nathalie Enterline, acróbata, Oleg Issozimov, equilibrista, Van Porter y Robert Reed, tapdancers, El Torombo, Farruquito, Farruco, Jairo Barrull, José Maya, Oscar de los Reyes, La Toromba y Adela Campallo, bailaores, Martín Chico, Raúl el Perla y Juan del Gastor, guitarristas, El Vareta, Pepe de Pura, María Vizárraga, cantaores.



Tríptico del espectáculo "Incognito", de Francis Brunn.

Todo un torbellino de artistas, todos ellos los mejores del mundo, cada uno en su disciplina. Y en medio de todos ellos, yo.
Francis quiso que yo fuese el traductor de la compañía. Él no hablaba español, los flamencos no hablaban ni inglés ni alemán, y aquel show tenía tanto fondo espiritual que necesitaba a alguien que pudiera traducir todo el concepto durante los innumerables ensayos, además, ese alguien debería saber algo de flamenco y estar familiarizado con ambas partes porque debía hablar en términos que todos ellos comprendieran. Y él pensó que yo era el adecuado.
Fue mi primer trabajo en una producción, empecé de traductor y aprendí todo lo que pude. De repente me vi en la Ópera de Frankfurt y me convertí en una esponja.
Tres años después terminé de director de producción.
Fue sin duda el trabajo más difícil de mi vida, el más agotador mentalmente y físicamente, pero a su vez, el más espiritual y reconfortante.
Aprendí todo, Francis me lo enseñó todo.
Francis tenía sueños en la noche. Se despertaba y lo apuntaba todo en una libreta. Por las mañanas se levantaba y veía los apuntes, entonces nacía una nueva idea para el espectáculo, cada noche durante tres años. Cada día todo evolucionaba. A las diez de la mañana me llamaba y me contaba la idea en cuestión. No puedo registrar en mi mente todas las genialidades que escuché durante esas mañanas incontables.
No sé las cosas que aprendí en todo ese tiempo, no pasa un día de mi vida sin que algunas de sus enseñanzas me sirva para algo.
Lo que más me llamó la atención en su momento fue algo tan simple como genial. Cualquier artista, construye un número con un cierre y espera que en ese cierre el público aplauda. Especialmente los flamencos, nunca se ha visto un cierre de un baile sin aplauso.
Pues bien, la obsesión de Francis era la de mantener al público durante casi dos horas pegado a las butacas sin permitirle un solo hueco para el aplauso. Fue difícil convencer a los flamencos, pero finalmente se hizo.
El me dijo una vez: “¿Puedes imaginarte estar viendo un show tan brutal que estés deseando aplaudir y que lo que pasa en escena te lo impida? ¿Qué harías al terminar el show? Volverte loco. Pues bien, vamos a volverlos locos.”
El show fue algo indescriptible. Lo más auténtico que he visto nunca. Un éxito.
En el año 2002, poco después de la última representación, yo trasladé mi residencia a Madrid.
Algún tiempo después Francis entró en quirófano para una operación a priori sencilla, pero todo se complicó y fallecía el 28 de Mayo de 2004.
Aquella noche, bastante tarde, sonó el teléfono de mi casa en Madrid e inmediatamente sentí que algo ocurría. Era su hijo.
Francis me había llamado el día antes de la operación, me había contado varias nuevas ideas para el espectáculo y me hizo sentir seguro de que todo iba a ir bien y en poco tiempo estaríamos trabajando de nuevo.
Desde entonces le echo de menos. Echo de menos a la persona, al Francis que me miraba como el que mira a un hijo, que me comprendía con solo mirarme a los ojos, que me hacía sentir como el tipo más seguro del mundo porque estaba en sus manos y yo nunca dudé de sus manos, era malabarista y podía darle la vuelta a tu alma a su antojo.
Echo de menos toda la ilusión que me contagió en esos años, las Heineken que nos tomábamos, su forma de echarse el cigarrillo a la boca, precedida de equilibrismos varios.
Echo de menos a aquel que convertía la vida en arte y que me hizo partícipe de su vida y su arte. Echo de menos a un padre.
En aquella última llamada telefónica Francis me dijo que aunque hubiera encontrado a todos los artistas, aquel show nunca hubiese podido realizarse si no hubiera sido conmigo, porque decía que yo llegué a conocer más que él mismo el alma de ese espectáculo.
Yo solo doy gracias por haber podido ayudar con un granito de arena a forjar el sueño de la vida de un genio y por haber sido una pequeña parte de ella, igual que él fue gran parte de la mía.
Muchos años y muchísimos teatros después no piso un escenario sin acordarme de Francis Brunn y sin darle las gracias, porque él anda siempre por ahí, lo siento muchas veces, he sentido su mirada censurándome en algunos casos y su caminar a mi lado hablando en otros. Es muy probable que esté aquí sentado a mi lado ahora mismo. Puede que sea por eso la sensación de frío que me recorre después de hablar de todo esto.
Sea como sea, lo necesito por aquí rondando y mirándome y hablándome, porque si no lo tuviera conmigo no sería yo.
He dicho.


PD: Aquí os dejo un video de Francis Brunn en los años cincuenta en televisión, concretamente en el Show de Jack Benny, famoso actor cómico (Ser o no ser, 1942), que mantuvo su programa en antena de 1950 a 1965.



6 comentarios:

Alba dijo...

Que sorte tes Peliña de poder dicir que vives da arte...tivo que ser un espectáculo incrible!

Rafus dijo...

Acabo de descubrir esta entrada buscando información sobre Brunn. Interesantísima, muchas gracias por compartirla.
Un saludo de un malabarista
Malabares en su Tinta

Unknown dijo...

Increible viva francis brunn

Unknown dijo...

Como puedo conectarme con este escritor

Paul Álvarez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Paul Álvarez dijo...

info@paulalvarez.es